El ejercicio de la memoria histórica colectiva en
Colombia es un proceso de pensamiento abstracto, de recordación o a veces hasta
de olvido mismo. A partir del año 2008, el consejo distrital empezó el
levantamiento de una estructura planeada en el gobierno de Luis Eduardo Garzón,
un lugar físico en el Eje de Memoria ubicado en la calle 26, para que todos los
ciudadanos y visitantes extranjeros puedan recordar y conocer visualmente la realidad que nuestro
país enfrentó en la época de la Violencia: la guerra de partidos, la muerte a
políticos, los grupos armados, el desplazamiento forzado a campesinos e indígenas
y de una forma muy sentida, hacer homenaje a las víctimas de este largo
conflicto del cual Colombia aún no se ha recuperado.
Un alto edificio de tierra pisada es la construcción que
hace honor a las víctimas de la violencia. En este hay dos mil doce tubos que
contienen tierra de diferentes partes del país que la ciudadanía ha aportado
para recordar a sus muertos. Las paredes del lugar simbolizan los más de 4.000
registros que se tienen en archivo de personas víctimas del conflicto armado,
de asesinatos y desapariciones.
El centro de Memoria, Paz y Reconciliación es un lugar,
indudablemente para recordar a los fallecidos, no sólo porque las salas de
exposición son una construcción subterránea y a pocos metros del cementerio
Central como queriendo unirse a los cuerpos enterrados en tumbas y bóvedas,
sino porque en cada rincón reina un silencio infinito, el silencio de las voces
y de las luchas que los fusiles callaron. Si bien se dice que un pueblo sin
historia es un pueblo sin memoria, María del Mar Pizarro, hija del asesinado
Carlos Pizarro, líder de lo que era la Alianza Democrática M-19, ha realizado
un trabajo investigativo junto con el equipo de acción comunicativa y social
del centro para recopilar fotos, documentos, videos, periódicos y libros que
datan de los finales de los años 60’s, así como objetos característicos de la
familia campesinas colombianas en dicha época.
La sala de exposición del centro de memoria se divide en
cinco secciones: una sala de video, un salón que está recreado como una
cafetería con rockolas, mesas, sillas y pinturas de la gran Devora Arango; otra
más que es la representación de una casa con espejos, sofás, comedor y
fotografías de diversos personajes tanto políticos como campesinos del común.
Las siguientes tres salas están destinadas a exponer algunos testimonios de
víctimas, historias de vida y sueños rotos, fotos de desplazados, una gran
jaula que recuerda los sufrimientos del
secuestro y además, una sala que desalienta mostrando los varios procesos de
paz que han fracaso pero que mantienen la esperanza en el actual proceso que se
realiza en La Habana.
Un libro titulado “La violencia
en Colombia: Radiografía emblemática
de una época tristemente célebre”, escrito por
Monseñor German Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña luma, mantiene
cerrado sobre una de las mesas de la segunda sala. Al abrirlo, las
desgarradoras imágenes de las últimas páginas conmocionan a quien las detalla.
Quizá porque como habitantes de las ciudades no se ha visto la violencia que
azotaba las periferias del país. “Estamos cansados de ver violencia” es lo que
dicen algunos visitantes que acuden al centro de memoria, pero a pesar de estar
cansados de verla, se pensaría que la sociedad está más cansada de escuchar la
información con la que los medios bombardean día a día, porque ver violencia es
su sentido más literal implica haber visto el corte de cortaba, mujeres sin
senos, cuerpos desmembrados sin cabeza, y sangre fluyendo como ríos a
borbotones.
Este, es el fin de ejercitar la memoria, es el fin del
Centro de Memoria que busca mostrar sin tapujos la dolorosa verdad que el país
ha enfrentado, recuperando las voces y las luchas de quienes han callado a la
fuerza, haciendo visible lo que el gobierno nacional ha buscado ocultar, cavar
y olvidar como si fuese una historia ajena.
Ahora, no cabe decir que nuestra memoria colectiva
entorno al periodo de la Violencia es un proceso abstracto, porque es posible verla
forma en la que los violentos se
ensañaron con indígenas, con campesinos humildes y trabajadores, con personajes
que sólo buscaban el bien del pueblo y la paz misma. Y si bien, también es
cierto que recordar es vivir, en este caso debemos vivir recordando esa
historia de nuestro país que no se enseñaba en los colegios, pero que debemos
entender, conocer y reflexionar tomando una posición crítica.
Si este fuese un país serio, no habría necesidad de
seguir discutiendo una reforma agraria de la que se ha hablado hace 79 años
cuando López Pumarejo presentó un
proyecto de restitución de tierras y que
tiempo después se convirtió en un saneamiento de títulos a colonos. Si a los
grupos revolucionarios se les hubiera permitido participar en política, tal vez,
nuestros muertos de guerra no hubieran sido 218.000, nuestros pueblos no
hubieran presenciado 1.982 masacres, ni
la suma total de víctimas seria 5’600.000 personas[1].
Como lo menciona la reciente publicación del Centro de
Memoria Histórica, Basta ya, “Colombia
apenas comienza a esclarecer las dimensiones de su propia tragedia”; los
ciudadanos apenas empiezan a despertar de ese sueño no querido llamado
violencia, llamado desaparición forzosa, llamado filas subversivas compuestas
por niños y niñas campesinos que han sido reclutados por guerrillas, llamado
migración interna. En fin, llamado guerra.
La indiferencia se toma a las personas. Los indígenas
embera víctimas del desplazamiento forzado venden collares y manillas, lo único
que pueden hacer en esta ciudad de ladrillos que tanto los estigmatiza. Muchos
los ven sentados al lado del Museo del oro como si fueran simples diseños de la
pared, como un ente desconocido, como una cotidianidad que no debería estar
ahí. Las comunidades afro son rechazadas por ser una raza fuerte, por su color,
su acento. Pocos se meten la mano al bolsillo para darle a un campesino
desplazado un billete para alimentar a su familia y a muchos, les deja de
importar el motivo por el cual todos ellos están en las ciudades: el
desplazamiento forzado.
Dado que el Centro de Memoria no tiene recursos para
destinar a los desplazados y las víctimas, su única misión de funcionamiento es
abrir los ojos de la sociedad indiferente y desconocedora de las consecuencias
del conflicto armado en Colombia, además de recordar a todos los que han dejado
de estar en este mundo. Así, es función del estado prestar ayuda a todos
aquellos en condición de desplazamiento y victimización, como lo dice la Ley
387 de 1997, pero queda un cierto sin sabor de su ayuda al saber que hay
millones de personas a las cuales no se les reconocen sus derechos y que por
desconocimiento tampoco los exigen.
El terreno de la construcción bajo tierra, que recuerda
el origen del conflicto y hace honor al lugar donde los cuerpos descansan por
la eternidad, se complementa con el techo: una cama de agua reposada y piedras,
que recuerdan otros cuerpos más que no han tenido dónde reposar, que se han
perdido en las aguas de los ríos o quebradas y que han sido desaparecidos pero
no olvidados.
[1]
Cifras tomadas de: GMH. ¡basta ya!
Colombia: Memorias de guerra y dignidad. Bogotá: Imprenta Nacional, 2013.
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