miércoles, 16 de octubre de 2013

En el lugar de los muertos se construye su recuerdo

El ejercicio de la memoria histórica colectiva en Colombia es un proceso de pensamiento abstracto, de recordación o a veces hasta de olvido mismo. A partir del año 2008, el consejo distrital empezó el levantamiento de una estructura planeada en el gobierno de Luis Eduardo Garzón, un lugar físico en el Eje de Memoria ubicado en la calle 26, para que todos los ciudadanos y visitantes extranjeros puedan recordar  y conocer visualmente la realidad que nuestro país enfrentó en la época de la Violencia: la guerra de partidos, la muerte a políticos, los grupos armados, el desplazamiento forzado a campesinos e indígenas y de una forma muy sentida, hacer homenaje a las víctimas de este largo conflicto del cual Colombia aún no se ha recuperado.
Un alto edificio de tierra pisada es la construcción que hace honor a las víctimas de la violencia. En este hay dos mil doce tubos que contienen tierra de diferentes partes del país que la ciudadanía ha aportado para recordar a sus muertos. Las paredes del lugar simbolizan los más de 4.000 registros que se tienen en archivo de personas víctimas del conflicto armado, de asesinatos y desapariciones.
El centro de Memoria, Paz y Reconciliación es un lugar, indudablemente para recordar a los fallecidos, no sólo porque las salas de exposición son una construcción subterránea y a pocos metros del cementerio Central como queriendo unirse a los cuerpos enterrados en tumbas y bóvedas, sino porque en cada rincón reina un silencio infinito, el silencio de las voces y de las luchas que los fusiles callaron. Si bien se dice que un pueblo sin historia es un pueblo sin memoria, María del Mar Pizarro, hija del asesinado Carlos Pizarro, líder de lo que era la Alianza Democrática M-19, ha realizado un trabajo investigativo junto con el equipo de acción comunicativa y social del centro para recopilar fotos, documentos, videos, periódicos y libros que datan de los finales de los años 60’s, así como objetos característicos de la familia campesinas colombianas en dicha época.
La sala de exposición del centro de memoria se divide en cinco secciones: una sala de video, un salón que está recreado como una cafetería con rockolas, mesas, sillas y pinturas de la gran Devora Arango; otra más que es la representación de una casa con espejos, sofás, comedor y fotografías de diversos personajes tanto políticos como campesinos del común. Las siguientes tres salas están destinadas a exponer algunos testimonios de víctimas, historias de vida y sueños rotos, fotos de desplazados, una gran jaula  que recuerda los sufrimientos del secuestro y además, una sala que desalienta mostrando los varios procesos de paz que han fracaso pero que mantienen la esperanza en el actual proceso que se realiza en La Habana.

Un libro titulado “La violencia en Colombia: Radiografía emblemática de una época tristemente célebre”, escrito por  Monseñor German Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña luma, mantiene cerrado sobre una de las mesas de la segunda sala. Al abrirlo, las desgarradoras imágenes de las últimas páginas conmocionan a quien las detalla. Quizá porque como habitantes de las ciudades no se ha visto la violencia que azotaba las periferias del país. “Estamos cansados de ver violencia” es lo que dicen algunos visitantes que acuden al centro de memoria, pero a pesar de estar cansados de verla, se pensaría que la sociedad está más cansada de escuchar la información con la que los medios bombardean día a día, porque ver violencia es su sentido más literal implica haber visto el corte de cortaba, mujeres sin senos, cuerpos desmembrados sin cabeza, y sangre fluyendo como ríos a borbotones.


Este, es el fin de ejercitar la memoria, es el fin del Centro de Memoria que busca mostrar sin tapujos la dolorosa verdad que el país ha enfrentado, recuperando las voces y las luchas de quienes han callado a la fuerza, haciendo visible lo que el gobierno nacional ha buscado ocultar, cavar y olvidar como si fuese una historia ajena.
Ahora, no cabe decir que nuestra memoria colectiva entorno al periodo de la Violencia es un proceso abstracto, porque es posible verla forma en la que  los violentos se ensañaron con indígenas, con campesinos humildes y trabajadores, con personajes que sólo buscaban el bien del pueblo y la paz misma. Y si bien, también es cierto que recordar es vivir, en este caso debemos vivir recordando esa historia de nuestro país que no se enseñaba en los colegios, pero que debemos entender, conocer y reflexionar tomando una posición crítica.
Si este fuese un país serio, no habría necesidad de seguir discutiendo una reforma agraria de la que se ha hablado hace 79 años cuando  López Pumarejo presentó un proyecto de restitución de tierras  y que tiempo después se convirtió en un saneamiento de títulos a colonos. Si a los grupos revolucionarios se les hubiera permitido participar en política, tal vez, nuestros muertos de guerra no hubieran sido 218.000, nuestros pueblos no hubieran presenciado  1.982 masacres, ni la suma total de víctimas seria 5’600.000 personas[1].  
Como lo menciona la reciente publicación del Centro de Memoria Histórica, Basta ya, “Colombia apenas comienza a esclarecer las dimensiones de su propia tragedia”; los ciudadanos apenas empiezan a despertar de ese sueño no querido llamado violencia, llamado desaparición forzosa, llamado filas subversivas compuestas por niños y niñas campesinos que han sido reclutados por guerrillas, llamado migración interna. En fin, llamado guerra.
La indiferencia se toma a las personas. Los indígenas embera víctimas del desplazamiento forzado venden collares y manillas, lo único que pueden hacer en esta ciudad de ladrillos que tanto los estigmatiza. Muchos los ven sentados al lado del Museo del oro como si fueran simples diseños de la pared, como un ente desconocido, como una cotidianidad que no debería estar ahí. Las comunidades afro son rechazadas por ser una raza fuerte, por su color, su acento. Pocos se meten la mano al bolsillo para darle a un campesino desplazado un billete para alimentar a su familia y a muchos, les deja de importar el motivo por el cual todos ellos están en las ciudades: el desplazamiento forzado.
Dado que el Centro de Memoria no tiene recursos para destinar a los desplazados y las víctimas, su única misión de funcionamiento es abrir los ojos de la sociedad indiferente y desconocedora de las consecuencias del conflicto armado en Colombia, además de recordar a todos los que han dejado de estar en este mundo. Así, es función del estado prestar ayuda a todos aquellos en condición de desplazamiento y victimización, como lo dice la Ley 387 de 1997, pero queda un cierto sin sabor de su ayuda al saber que hay millones de personas a las cuales no se les reconocen sus derechos y que por desconocimiento tampoco los exigen.
El terreno de la construcción bajo tierra, que recuerda el origen del conflicto y hace honor al lugar donde los cuerpos descansan por la eternidad, se complementa con el techo: una cama de agua reposada y piedras, que recuerdan otros cuerpos más que no han tenido dónde reposar, que se han perdido en las aguas de los ríos o quebradas y que han sido desaparecidos pero no olvidados.






[1] Cifras tomadas de: GMH. ¡basta ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad. Bogotá: Imprenta Nacional, 2013.

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