jueves, 17 de octubre de 2013

Una joya del Teatro Colombiano: Teatro la Candelaria. Entrevista a Patricia Ariza



Teatro La Candelaria
El Teatro la Candelaria fue fundado en 1966 por un grupo de artistas entre ellos Patricia Ariza, Fernando Mendoza,  francisco Martínez y  Santiago García, grandes actores y representantes de nuestro país ante el mundo. La Candelaria es reconocido hoy en día por el serio trabajo que reflejan sus obras, por ser un teatro alternativo que no representa lo estatal, sino que ha creado en el transcurso de su historio obras que invitan a la reflexión, al pensamiento crítico y recordar  la historia.



¿Cuál ha sido el apoyo  del estado al teatro en Colombia, aparte de la colaboración del Festival Iberoamericano de Teatro?

Es festival Iberoamericano es un esfuerzo de tipo empresarial pero es un teatro de espectáculo , diferente al del teatro la Candelaria que no es  de lentejuelas, sino un teatro de pensarse el país, de reflexionar; uno puede tener mucha capacidad de asombro pero venir al teatro la Candelaria exige mucho más que capacidad de asombro, es dejarse hacer preguntas. En este sentido, hay más renuencia del estado al apoyar este tipo de teatro porque no les va a traer mucho público y reconocimiento internacional. Si no tienes un producto parecido a No seré feliz pero tengo marido o este tipo de obras, los medios no se sienten interesados, hay un sector de la cultura que es visto por encima del hombro.
 De hecho, la alcaldía local muy poco se interesa en este tesoro que tiene acá, no me refiero solo a nosotros sino a un montón de teatros históricos que están ubicados en la localidad. Hay virtudes que no son reconocidas; esta localidad solo la reconocen como histórica por las casas coloniales, los monumentos pero no la reconocen tanto como artística, aquí hay muchos teatros independientes. Esta es la primera sala de teatro independiente  de Colombia que se fundó, otras fueron fundadas pero no permanecieron.

Aparte del teatro alternativo, ¿qué otros elementos dan identidad a este teatro que lo diferencia de los teatros de este esta localidad?

Lo que da la identidad es la capacidad de mirarse al espejo. Tenemos varios principios, uno de ellos es que el arte que no es crítico no es arte. Más que mirara los problemas del ser humano es mirar al ser humano que habita el país. Este teatro va siempre a la humanidad, a los problemas, a los dolores, la vergüenza, el narcotráfico, no desde un punto mafioso, esto no es los Tres Caínes, sino la idea es mostrar que  este pueblo pretende presentarse como muy fuerte por medio de las armas pero con una debilidad en el fondo. Uno no puede hacer un teatro global sin tener en cuenta lo local.

¿En qué ayuda el teatro a cambiar los problemas socioculturales de nuestro país desde su perspectiva?

El teatro y el arte pueden ayudar mucho porque van hacia el interior de las personas, hacia la cultura, los sentimientos y les transforman la realidad, hay teatro muy  comercial que es el que los medios de comunicación promueven pero el teatro de arte que va al corazón y transforma es este.

¿Qué fortaleza tiene el teatro la Candelaria que no haya en el teatro de otros países?

El teatro en otros países es parte de la vida cotidiana de la gente, por ejemplo, Buenos Aires tiene 500 salas independientes de teatro donde la gente tiene  la capacidad de crear sin estar rogándole al estado que le ayude, sino que el estado asume que el teatro es un espacio democrático donde los países pueden demostrar su identidad. Esa independencia en es el teatro es muy importante, no hay nada más triste para un artista que  depender de la ayuda del estado. Yo diría que en otros países, en Europa, en Broodway, en Londres, hay un mayor movimiento teatral, sin embargo el teatro de la Candelaria se ha logrado posicionar muy fuerte en américa latina en especial por el trabajo de producción colectiva y el trabajo en dramaturgia del Maestro Santiago García.

¿Qué público visita con mayor afluencia el teatro? Y con base en esta pregunta ¿se ha estado perdiendo el gusto de los jóvenes por las obras?
 
El público que ha venido acá es muy asiduo, un público de venir aquí muy seguido y traer a la familia. Esta temporada que tuvimos hubo mucha afluencia de público joven lo que indica que las nuevas generaciones están ávidas de pensarse el país  y con las redes sociales hay un deseo por tener una opinión, que es justamente lo que  el teatro estimula en los jóvenes. La juventud y el público en general que visita la Candelaria busca ser parte de la construcción de la opinión pública y no ser una masa de personas que va a un teatro a morirse de la risa

¿Están interesados los extranjeros en teatro que se hace en la Candelaria?
Claro que sí, la tradición teatrera de Latinoamérica ha tenido un sentido de comunidad grandísimo. Para la gente ser de un teatro de otro país y venir acá es  un sentido de fraternidad muy fuerte es especial con este tipo de teatro que es un teatro alternativo. Nosotros frecuentemente recibimos mensajes de teatreros de argentina que saben quién es Santiago García, han comprado sus textos. El teatro alternativo que  nosotros realizamos  ha servido para la construcción de teatros en américa latina, en Europa, entonces, cuando se hace el festival de teatro alternativo, llegan grupos de Finlandia, Holanda, Latinoamérica y china.

El dato. La casa en donde actualmente funciona el teatro La Candelaria fue comprada por un grupo de actores a la familia Cano por 300 mil pesos. Empezó con 30 sillas y actualmente tiene capacidad para 211 personas.



miércoles, 16 de octubre de 2013

En el lugar de los muertos se construye su recuerdo

El ejercicio de la memoria histórica colectiva en Colombia es un proceso de pensamiento abstracto, de recordación o a veces hasta de olvido mismo. A partir del año 2008, el consejo distrital empezó el levantamiento de una estructura planeada en el gobierno de Luis Eduardo Garzón, un lugar físico en el Eje de Memoria ubicado en la calle 26, para que todos los ciudadanos y visitantes extranjeros puedan recordar  y conocer visualmente la realidad que nuestro país enfrentó en la época de la Violencia: la guerra de partidos, la muerte a políticos, los grupos armados, el desplazamiento forzado a campesinos e indígenas y de una forma muy sentida, hacer homenaje a las víctimas de este largo conflicto del cual Colombia aún no se ha recuperado.
Un alto edificio de tierra pisada es la construcción que hace honor a las víctimas de la violencia. En este hay dos mil doce tubos que contienen tierra de diferentes partes del país que la ciudadanía ha aportado para recordar a sus muertos. Las paredes del lugar simbolizan los más de 4.000 registros que se tienen en archivo de personas víctimas del conflicto armado, de asesinatos y desapariciones.
El centro de Memoria, Paz y Reconciliación es un lugar, indudablemente para recordar a los fallecidos, no sólo porque las salas de exposición son una construcción subterránea y a pocos metros del cementerio Central como queriendo unirse a los cuerpos enterrados en tumbas y bóvedas, sino porque en cada rincón reina un silencio infinito, el silencio de las voces y de las luchas que los fusiles callaron. Si bien se dice que un pueblo sin historia es un pueblo sin memoria, María del Mar Pizarro, hija del asesinado Carlos Pizarro, líder de lo que era la Alianza Democrática M-19, ha realizado un trabajo investigativo junto con el equipo de acción comunicativa y social del centro para recopilar fotos, documentos, videos, periódicos y libros que datan de los finales de los años 60’s, así como objetos característicos de la familia campesinas colombianas en dicha época.
La sala de exposición del centro de memoria se divide en cinco secciones: una sala de video, un salón que está recreado como una cafetería con rockolas, mesas, sillas y pinturas de la gran Devora Arango; otra más que es la representación de una casa con espejos, sofás, comedor y fotografías de diversos personajes tanto políticos como campesinos del común. Las siguientes tres salas están destinadas a exponer algunos testimonios de víctimas, historias de vida y sueños rotos, fotos de desplazados, una gran jaula  que recuerda los sufrimientos del secuestro y además, una sala que desalienta mostrando los varios procesos de paz que han fracaso pero que mantienen la esperanza en el actual proceso que se realiza en La Habana.

Un libro titulado “La violencia en Colombia: Radiografía emblemática de una época tristemente célebre”, escrito por  Monseñor German Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña luma, mantiene cerrado sobre una de las mesas de la segunda sala. Al abrirlo, las desgarradoras imágenes de las últimas páginas conmocionan a quien las detalla. Quizá porque como habitantes de las ciudades no se ha visto la violencia que azotaba las periferias del país. “Estamos cansados de ver violencia” es lo que dicen algunos visitantes que acuden al centro de memoria, pero a pesar de estar cansados de verla, se pensaría que la sociedad está más cansada de escuchar la información con la que los medios bombardean día a día, porque ver violencia es su sentido más literal implica haber visto el corte de cortaba, mujeres sin senos, cuerpos desmembrados sin cabeza, y sangre fluyendo como ríos a borbotones.


Este, es el fin de ejercitar la memoria, es el fin del Centro de Memoria que busca mostrar sin tapujos la dolorosa verdad que el país ha enfrentado, recuperando las voces y las luchas de quienes han callado a la fuerza, haciendo visible lo que el gobierno nacional ha buscado ocultar, cavar y olvidar como si fuese una historia ajena.
Ahora, no cabe decir que nuestra memoria colectiva entorno al periodo de la Violencia es un proceso abstracto, porque es posible verla forma en la que  los violentos se ensañaron con indígenas, con campesinos humildes y trabajadores, con personajes que sólo buscaban el bien del pueblo y la paz misma. Y si bien, también es cierto que recordar es vivir, en este caso debemos vivir recordando esa historia de nuestro país que no se enseñaba en los colegios, pero que debemos entender, conocer y reflexionar tomando una posición crítica.
Si este fuese un país serio, no habría necesidad de seguir discutiendo una reforma agraria de la que se ha hablado hace 79 años cuando  López Pumarejo presentó un proyecto de restitución de tierras  y que tiempo después se convirtió en un saneamiento de títulos a colonos. Si a los grupos revolucionarios se les hubiera permitido participar en política, tal vez, nuestros muertos de guerra no hubieran sido 218.000, nuestros pueblos no hubieran presenciado  1.982 masacres, ni la suma total de víctimas seria 5’600.000 personas[1].  
Como lo menciona la reciente publicación del Centro de Memoria Histórica, Basta ya, “Colombia apenas comienza a esclarecer las dimensiones de su propia tragedia”; los ciudadanos apenas empiezan a despertar de ese sueño no querido llamado violencia, llamado desaparición forzosa, llamado filas subversivas compuestas por niños y niñas campesinos que han sido reclutados por guerrillas, llamado migración interna. En fin, llamado guerra.
La indiferencia se toma a las personas. Los indígenas embera víctimas del desplazamiento forzado venden collares y manillas, lo único que pueden hacer en esta ciudad de ladrillos que tanto los estigmatiza. Muchos los ven sentados al lado del Museo del oro como si fueran simples diseños de la pared, como un ente desconocido, como una cotidianidad que no debería estar ahí. Las comunidades afro son rechazadas por ser una raza fuerte, por su color, su acento. Pocos se meten la mano al bolsillo para darle a un campesino desplazado un billete para alimentar a su familia y a muchos, les deja de importar el motivo por el cual todos ellos están en las ciudades: el desplazamiento forzado.
Dado que el Centro de Memoria no tiene recursos para destinar a los desplazados y las víctimas, su única misión de funcionamiento es abrir los ojos de la sociedad indiferente y desconocedora de las consecuencias del conflicto armado en Colombia, además de recordar a todos los que han dejado de estar en este mundo. Así, es función del estado prestar ayuda a todos aquellos en condición de desplazamiento y victimización, como lo dice la Ley 387 de 1997, pero queda un cierto sin sabor de su ayuda al saber que hay millones de personas a las cuales no se les reconocen sus derechos y que por desconocimiento tampoco los exigen.
El terreno de la construcción bajo tierra, que recuerda el origen del conflicto y hace honor al lugar donde los cuerpos descansan por la eternidad, se complementa con el techo: una cama de agua reposada y piedras, que recuerdan otros cuerpos más que no han tenido dónde reposar, que se han perdido en las aguas de los ríos o quebradas y que han sido desaparecidos pero no olvidados.






[1] Cifras tomadas de: GMH. ¡basta ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad. Bogotá: Imprenta Nacional, 2013.